ESTE ES MI RELATO, ES LA MITAD DE EL , EN REALIDAD , EN BUBOK,LO TENGO COMPLETO ESPERO QUE OS GUSTE LEERLO
DEDICATORIA:
QUE HARIA SIN VOSOTRAS... SIMPLEMENTE MARCHITARME POCO A POCO, PORQUE SOIS MI VIDA, MIS SUEÑOS, MIS ALEGRIAS, MIS PENAS, MIS ENFADOS, EN DEFINITIVA MI MUNDO YA QUE MI VIDA GIRA EN TORNO A VOSOTRAS, Y ES LO MEJOR QUE ME A PODIDO PASAR.
TENGO LA SUERTE DE FORMA PARTE DE VUESTRAS VIDAS Y QUE ME QUERAIS.
SABEIS CUANDO ESTOY ENFADADA O CONTENTA, CUANDO ESTOY TRISTE O EUFORICA, CUANDO CANSADA O LLENA DE VITALIDAD, CUANDO SOY FELIZ O INFELIZ, Y SOLO OS HACE FALTA MIRARME A LOS OJOS PARA SABERLO. TANTA CONEXIÓN A VECES ASUSTA, PERO ASI ES LA REALIDAD, NUESTRA REALIDAD.
TE QUIERO MANUELA, TE QUIERO INGRÍD,
TE QUIERO MAMÁ, TE QUIERO HERMANA.
25 de DICIEMBRE del 2008
—Tú, Julia Romero Castillo, quieres a Carlos como tu legitimo
esposo, tanto en la enfermedad como en la salud, en la pobreza como en la
riqueza, respetarlo hasta que la muerte os separe...
Julia se mantuvo callada durante unos segundos reflexionando,
pensando sobre lo último que había dicho el párroco. Padrinos de boda,
padres de novio, padres de Julia, los doscientos cincuenta invitados, todos
con el alma en vilo, esperando de la boca de Julia aquel monosílabo
positivo, aquel “sí quiero” que tanto significaba para Carlos. Monosílabo
que haría feliz a todas las personas allí concurrida. Serviría también para
hacer creer a todos los demás que no había sido una pérdida de tiempo, el
estar allí para acabar sin boda.
—Sí quiero —dijo por fin Julia.
Los invitados suspiraron aliviados. Por fin la díscola Julia se
convertía en una mujer responsable.
—Pensé que Julia no se casaría nunca. Con lo tremenda que ha sido
siempre —susurro Lola, prima de Julia a Blanca, hermana gemela de Julia.
Blanca se limito a sonreírle.
—Yo le declaro marido y mujer. Puede besar a la novia —dispuso el
cura a los recién casados.
Blanca en ese momento salió de la iglesia. Se saco un cigarro del
bolso.
—Ya la tienes casada —le ofreció fuego un hombre muy masculino
— ¿Ahora qué? ¿A esperar? —le dijo.
Blanca lo miro y encendió el cigarro con su mechero, rechazando el
otro.
—Al final te saliste con la tuya. Aunque hayamos engañado a
Carlos, tu plan has conseguido.
— ¡Calla! No digas eso nunca, nunca más. Alguien te puede oír y
pensar lo que no es.
—Tú sabes que lo que hemos hecho no está bien. Has engañado a tu
hermana por una parte y a tu amigo por otra.
—Yo no he engañado a nadie. Carlos se ha convertido en el marido
de Julia porque ha querido. Carlos siempre ha estado enamorado de Julia.
—Sabes que eso no es así. Carlos siempre te ha querido a ti. Desde
que teníamos ocho años. Carlitos estaba enamorado de ti, Blanquita, no de
Julita. Julita tan solo era la hermana de la niña que lo tenía loquito.
—Lo que me importa ahora, es que mi hermana y Carlos son marido
y mujer —lo miro fijamente a los ojos—. Ten cuidado con tus palabras en
el convite Alberto. Recuerda que yo no quise tu ayuda con el asunto de mí
hermana.
—Lo sé, yo te he ayudado porque he querido. Julia será para mí
siempre la mujer de mis sueños. Y si su felicidad, es casarse con mi mejor
amigo, adelante, mi corazón lo resiste. Después de tanto años sufriendo, ya
ni siento ni padezco con el tema referente a tu hermana.
—Recuerda, que yo soy capaz de todo por la felicidad de mí
hermana.
—Sí, me lo has demostrado. Eres capaz incluso de renunciar a tu
felicidad absoluta, por la de tu hermana.
Comenzaron a salir los invitados de la iglesia.
— ¡Blanca! —Se acerco a ella Lola—. Tu hermana te espera dentro
de la iglesia, para que os hagáis las fotos con vuestros padres.
Blanca entro en la iglesia. Caminó hacia el altar con paso firme. Noto
como sus piernas temblaban más y más. Hizo una pequeña radiografía a los
cuatro. Su madre se secaba las lágrimas con un pañuelo, lágrimas de
alegría, satisfacción. Su padre se colocaba bien la corbata para salir en la
foto perfecto. Seguía igual de coqueto, como siempre. Julia se arreglaba la
larga cola de su inmaculado vestido de novia.
“Mírala, parece una princesa. Esa princesa de cuento de hadas que siempre
ha querido ser. Aunque para el mundo exterior, haya sido todo un terremoto
que no tiene miedo a nada ni a nadie. Esa dureza solo es un escudo para
esconder a la verdadera princesa que es Julia. Esta bellísima con la tiara de
diamantes en sus cabellos azabache. Como siempre soñó” —pensó Blanca
cuando vio a su hermana.
Carlos estaba al lado de Julia, observando a Blanca caminar hacia
ellos. Sus miradas se cruzaron, siguieron mirándose como si solo
estuvieran ellos dos solos en la iglesia. Blanca llegó al altar, dejo de mirar a
Carlos, abrazo a su hermana.
—Ya eres una mujer casada –rió Blanca—. Es lo que tú querías, y
con el hombre que amas.
—Si, en estos momentos es lo que quiero. Ya me siento afortunada.
Me da igual lo que venga después.
Blanca se acerco a sus padres, los besos y los abrazo. Cuando llego el
momento de felicitar a Carlos para darle la enhorabuena, Blanca tan solo le
dio un ligero beso en la mejilla y una tímida enhorabuena salió por su
boca.
Blanca se coloco al lado de Julia para la foto. La cogió fuertemente de la
cintura y la atrajo hacia ella.
—Te quiero Blanca, recuérdalo siempre.
El fotógrafo hizo la foto.
20 de SEPTIEMBRE del 2006
—Vamos Julia, llegaremos tarde, y esta vez no voy a falsificar tu
firma.
—Déjame dormir cinco minutos más, mientras tú haces el café.
— ¡Dios! Que cara tienes. Eres lo que no hay —se marchó a la cocina
a preparar el café—. Julia, tu móvil. Creo que es Alberto —sonó el
móvil de Julia.
—Cógeselo, seguro que es él —le grito desde la cama.
— ¡Ah! No. No, yo paso de hacerte de secretaria.
—Vamos Blanca. ¿De qué sirve tener una hermana, sino ayuda con
los chicos? —se marcho Julia a ducharse.
—Será mejor que lo dejemos. A menudo me hago pasar por ti y
luego pasa lo que pasa. Estoy harta de que me líes con tus líos amorosos
Dejo de sonar el móvil.
Julia se levanto y se marcho a la cocina.
Se sentaron a desayunar en la cocina.
— ¿Que quería Alberto? —preguntó Julia mientras sorbía el café.
—No lo sé. No lo he cogido.
— ¿Porqué? Ahora no sé lo que quiere por tu culpa.
—Llámalo —puso el móvil sobre la mesa—. Pregúntale lo que
quiere.
— ¿Yo? ¿Llamar a ese tipo? Pero si es un pesado. Desde siempre lo
ha sido.
—Será contigo, porque conmigo nunca ha sido pesado... Luego no te
quejes si es algo urgente del trabajo, y te quedas sin saberlo por ser tan
arrogante.
—Será por tu culpa. Menuda hermana tengo, nunca me ayudas...
—comenzó a relatar Julia.
— ¡Julia! ¿Cómo te atreves a decirme eso?
—Venga Blanca, eres mi hermana y gemela. Ayúdame con Alberto
otra vez... Sé que llevas toda tu vida ayudándome. Solo te lo digo para
picarte un poquito, nada más... Blanquita, por favor. Alberto no nos
diferencia ni físicamente ni en la voz.
—Eso te crees tú, que no nos diferencia. Yo creo que a él le gusta
hacernos creer que no sabe quién es quién. Hace más de diez años que nos
conoce. Alberto no es tonto.
— ¿Te acuerdas del abrigo que viste en la tienda de ropa el otro día?
—Sí, aquel que te gusto tanto y que no te pudiste comprar porque no
tienes dinero, ya que te lo has gastado todo en aquella cámara de foto
profesional, que te ha costado mil seiscientos euros.
—Sí, por desgracia me acuerdo.
—Bien, pues que sepas que me he comprado el abrigo, porque no he
tenido gastos extras este mes.
—Te he dicho que te odio con todas mis fuerzas —le dijo en plan
irónico.
—Es tuyo sí lo llamas.
—Eso es chantaje.
—No, yo prefiero llamarlo negocio.
Blanca cogió el móvil de su hermana. Marco el último número de llamadas
perdidas.
— Si te pregunta, dile que no vamos a la fiesta de navidad.
—De acuerdo... ¿Alberto? Hola Alberto, soy Julia, ¿qué tal?
—Julia, ¿qué tal? Yo bien —le contesto.
—He visto tu llamada. No he podido cogerlo, me estaba duchando.
Dime, ¿para qué me has llamado?
—Para intentar convenceros de que vengáis a la fiesta de navidad que
he organizado en Nochebuena.
—Veras Alberto...
—Ya, ya sé lo que me vas a decir, que Blanca no quiere relacionarse
con gente, porque es una antisocial. Como tú bien me dijiste es un poquito
rarita en esto de conocer gente nueva, pero vamos Julia entre tú y yo, ya lo
sé, llevo ocho años conociéndola. Que me vas a contar a mí —soltó una
risa.
Blanca miro con cara de pocos amigos a Julia.
—Así que yo te dije eso.
—Sí, el otro día, cuando hablamos.
—Y que más te dije sobre mi hermana, Albertito.
—Vamos Julia, tú ya sabes cómo es tu hermana. Es un poco especial
en cuanto a relacionarse— sonrió maliciosamente—. Veo que se te pegan
cosas de Blanca. Albertito solo me lo llama ella cuando la hago enfadar.
—... Si, es lo que tiene vivir juntas desde hace unos años. Que sepas
que vamos a ir a esa fiesta —dijo Blanca con rotundidad.
A Julia se le cambio la cara, comenzó hacer aspavientos con las
manos a su hermana. Negó con la cabeza varias veces.
—No, no, no —susurraba Julia a Blanca—. No vamos a la fiesta.
Blanca ignoro por completo a su hermana.
— ¿A qué hora habéis quedado? , ¿Donde? Yo y mi hermana la
insociable estaremos en la fiesta.
— ¿Estás segura Julia? ¿No se enfadara Blanca?
—No te preocupes Alberto, Blanca no se enfadara. Te dejo que llegó
tarde al trabajo —miro con mirada desgarrada de odio a su gemela, casi se
podía cortar la tensión en el ambiente—¿Rarita?
—No sé porque le has dicho que vamos a ir a la fiesta —ignoro la
rabia de su hermana.
—Julia —se levanto de la silla de la cocina—¿Rarita? Le dijiste
a nuestro amigo Alberto que yo era una antisocial, y que por ello no íbamos
a la fiesta de Nochebuena.
Julia se quedo en ese momento muda, no sabía por dónde salir antes
las acusaciones de Blanca, ya que era verdad.
—Me voy a vestir —se excuso para no hablar más sobre el tema.
De camino al trabajo en el coche de Blanca, las hermanas no se
hablaron ni se miraron en todo el trayecto. Se respiraba la traición que
sentía Blanca hacia Julia. Blanca de vez en cuando miraba de reojo a su
hermana, pendiente por si le decía algo, o le pillaba una mueca de
arrepentimiento. Julia seguía impasible.
Julia se bajo en la puerta del periódico en el cual trabajaba como
periodista. Mientras Blanca, se marcho aparcar el coche a un parking
cercano. Se dirigió al mismo periódico que Julia. Blanca era fotógrafa.
— ¿Julia?
Se giro al oír el nombre de su hermana.
— ¿Carlos? —sintió un pellizco en el estomago, el corazón comenzó
a latirle más fuerte, a sudarle las manos, a sentir unas cosquillas en el
estomago —. No, soy Blanca —. Se acerco a él.
— ¡Blanca!, Que alegría verte —la abrazó—. Os parecéis tanto tú y
tu hermana, que por más que pase los años, os sigo confundiendo.
—Sí, es lo que tiene ser como dos gotas de agua —aparto su mirada
de él —. ¿Qué tal por Irak? —lo volvió a mirar.
—Pues fatal, pero como buen corresponsal de guerra que soy he
estado al pie del cañón cada día. Me gusta mi trabajo así que siempre
cumplo con el, aunque no me guste. Tú ya me entiendes —le guiño un ojo.
— ¡Carlos, tío! Por fin en casa —llegó un compañero de la redacción
a saludarlo —. Vente a la cervecería, venga te invito a una cerveza y me
cuentas qué tal te ha ido.
—Venga. Blanca — la miro —, nos tomamos un café ¡ya! tú y yo.
—Por supuesto Carlos, cuando tú quieras —vio alejarse a Carlos con
el compañero.
Subió a toda prisa a la planta donde se encontraba la redacción del
periódico. Entro rápida y veloz buscando a su gemela. Llego a la mesa de
Julia, pero está no estaba. Pregunto a unos compañeros por ella, pero no la
habían visto. Nadie la había visto. Se la había tragado la tierra.
Cuando ya tenía decidido marcharse de allí, vio a Julia hablando con
Alberto. Se fue hacia a ellos.
—Blanca he ido a buscarte a tu despacho, quería pedirte perdón por
lo que tú ya sabes, ¿me perdonas? —le hablo Julia en cuanto la vio.
—Hola Alberto —se dirigió a él.
—Hola Blanqui, ¿qué tal?
—Muy bien, supongo, que igual que tú. ¿No?
—Pues la verdad es que si, que estoy muy bien.
—Pues me alegro de ello. —en aquella frase se noto la ironía con la
que Blanca le había hablado durante esa escueta conversación — ¿De qué
estabais hablando?
— ¿Perdona Blanca? —le llamo la atención Julia —. Puede que sea
algo privado entre Alberto y yo.
— ¡Oh! Perdón, ¿Me estáis ocultando algo, y no queréis que me
entere? ¿A tu hermana la insociable le ocultas cosas?...Y sí, te perdono.
— ¿La insociable? —dijo Alberto sorprendido —Vaya, por fin lo
reconoces.
Blanca lo miro con coraje.
—No te hagas el sorprendido ahora Albertito, hace ocho años que nos
conocemos. Tú ya sabes cómo soy.
—Perdona Alberto a mi hermana —sonrió Julia—. Debe ser que tiene
que estar todavía bajo los efectos del alcohol de anoche. Ya te dije q
tanta juerga no es buena—miro a Blanca
— ¿Qué juerga? Según tu soy una insociable rarita, así que no...
—Será mejor que nos vayamos, si —se marcharon las dos al bar de
abajo del edificio del periódico dejando a Alberto pensativo y perplejo.
Llegaron al bar. Se sentaron en una mesa, después de pedir dos cafés
bien cargaditos a la barra.
Julia le pidió una explicación de su actitud delante de Alberto, Blanca
le dijo que estaba harta de mentir a la gente por ella, de hacerse pasar por
ella, cuando ella no era capaz de afrontar las cosas, a veces, simplezas
como lo de aquella mañana por teléfono. Y que encima siempre delante de
los amigos, la ponía a ella como excusa para no salir, cuando no le apetecía
y no tenia gana de ver a determinadas personas. Y que gracias a ella su
apodo entre sus amistades era la “rarita insociable”.
Blanca le hizo saber a Julia, que Carlos se encontraba en el periódico
y que como siguiera en ese plan se lo iba a contar todo y toda la verdad
sobre la relación que habían mantenido las dos con él. Julia palideció, sus
manos empezaron a sudar, su tono de voz disminuyo. No sabía que decir.
Blanca se arrepintió de lo último que había dicho.
Julia miro a Blanca, Blanca miro a Julia.
—No diré nada, tú lo sabes. Lo que he dicho a sido consecuencia del
enfado que tengo.
—Lo sé, y todo lo que has dicho respeto a mí, tienes razón. Sé que a
veces me pasó contigo. Eres tan buena Blanca que te mereces un
monumento en el cielo. Pero soy así, con un carácter quizás más fuerte que
el tuyo.
— ¿Carácter? No querida, tú tienes menos vergüenza que yo, que no
es lo mismo —rió.
— ¡Ja ja ja! Si, puede ser... ¿Cómo esta él? —cambio de tema.
Blanca calló, su semblante se volvió serio de pronto otra vez.
— ¿Lo has visto mal? —se asusto Julia.
—No —sus ojos se volvieron cristalinos—. Esta guapísimo. Muy
muy atractivo —sonrió.
—Voy hablar con él –se levantó de la mesa.
— ¡Espera Julia! No vayas directamente hablar a su despacho . Ves a
la cervecería de al lado, allí esta con los compañeros tomándose algo.
—Sabrá que me lo has dicho.
—No, porque da la casualidad que se te a acabado el tabaco—saco de
su bolso un paquete de cigarros vació.
— ¿Colara?
—Seguro que sí.
Julia entro en la cervecería pisando con seguridad plena en sí misma.
Miro hacia un lado, hacia el otro, y lo vio al final de la barra vuelto espalda.
Tenía el pelo mucho más largo que la última vez que lo vio. Su espalda le
parecía a Julia todavía más ancha que antes. En esos seis meses Carlos
había vuelto más masculino , si cabe, de lo que recordaba Julia. Se fue
acercando al grupo silenciosamente. Cuando estaba muy cerca del grupo,
saludo en general, pero sin dejar de mirar a Carlos. Él volvió la cara para
saber quien había saludado tan efusivamente. Cuando se dio cuenta de
quien se trataba, la amplia sonrisa que tenia dibujada en su cara, se
desdibujo, convirtiéndose en una cara inexpresiva.
— ¿Carlos? ¿Qué tal? —se hizo la sorprendida de verlo allí.
—No eres Blanca, ¿verdad?
—No, soy Julia.
—Me lo he imaginado... Buenos chicos, os dejo —se levantó y se
salió hacia la calle.
—Espera —salió tras él—. Necesito hablar contigo.
—No quiero hablar contigo. ¿He sido claro? —se giro hacia ella.
—Vamos. Te fuiste sin decirme nada, sin darme ninguna explicación.
—Julia, gracias a ti me mandaron a cubrir un conflicto bélico en el
que yo no quería estar, y te lo vuelvo a decir, gracias a ti he estado . He
vivido mis peores seis meses como periodista. Y solo, porque estabas
despechada conmigo y me querías joder. Alégrate Julia porque lo
conseguiste.
—Te quería, y te sigo queriendo. En aquel momento, me dejaste sin
más. Mi orgullo como mujer pudo más que la cordura.
—Por eso no quiero saber nada más de ti. Porque eres envidiosa y
cuando no tienes lo que quieres, eres capaz de hacerle la vida imposible a
los demás, por tal de salirte con la tuya.
—Déjame pedirte perdón. Acepta mis disculpas.
—No Julia, no insistas. Ahora ya es demasiado tarde —marcho para
el periódico dejando a Julia con lágrimas en los ojos.
Julia llegó a casa. Blanca la esperaba sentada revisando unas
fotografías tomadas por ella en las Ramblas de Barcelona.
— ¿Qué a pasado? No ha ido bien la cosa. Lo siento, siento tu
angustia, como siempre—. Blanca y Julia estaban tan unidas que sabían
cuando una o la otra se encontraba triste o eufórica, si estaban en peligro o
disfrutando de la vida. Sus sensaciones la percibían al estar lejos la una de
la otra como si fueran una misma persona.
viernes, 19 de marzo de 2010
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